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Ecología política, democracia y socialismo

Estado, democracia y socialismo.

El pensamiento socialista, en sus múltiples variantes, enfrenta en la actualidad numerosos desafíos, tanto en el plano intelectual como en el diseño de la acción política. Esto no debe ser visto como una “debilidad del pensamiento o de la acción”, como algunas visiones superficiales pretenden hacerlo y, menos aún, como el resultado inevitable de la caída de la primera experiencia histórica a gran escala en el continente europeo. Al contrario, el pensamiento y la acción socialistas han adquirido ya una presencia social y política, que los obliga a reinterpretarse permanentemente y a imaginar, en el diálogo más rico y amplio posible con las estructuras sociales y económicas, las nuevas herramientas necesarias para la acción política y la crítica social. En definitiva, un pensamiento está muerto históricamente, precisamente, cuando ya no tiene que enfrentar nuevos desafíos.

Iniciamos hoy esta colección de Cuadernos de Tierra Socialista con la intención de volver accesibles y disponibles para la discusión colectiva textos que asumen, desde diversos enfoques, la tarea de enfrentar esos nuevos desafíos. Como todo trabajo de innovación, implica al mismo tiempo una relectura, una actualización de sus tradiciones.

El primer desafío –y los textos de Cerletti que constituyen esta primera entrega buscan dar cuenta de este problema- consiste en actualizar la tradición emancipatoria. Una tradición que nace enraizada con la liberación del individuo de la opresión estamental, propia del pensamiento ilustrado, pero que poco a poco incorporará una visión mucho más amplia, entendiendo que la emancipación individual que proclamaba el viejo liberalismo era sólo una ilusión sin los grupos, las clases, las naciones; en fin, los colectivos que le dan sentido a toda vida individual. Es cierto que en ese largo camino muchas veces se olvida que, finalmente, la emancipación personal, la libertad vivida en una vida singular, era un objetivo que no se podía olvidar. Pero lo cierto es que una vez que el viejo liberalismo inicial abandonó el proyecto de emancipación para la gran mayoría de la población, ha sido el socialismo la única tradición de pensamiento que tomó seriamente el problema de la libertad, como libertad de todos y no de un único sector social. Hoy las necesidades de una vida emancipada deben ser pensadas de nuevo, frente a grupos sociales que habían sido olvidados; frente a una comprensión intercultural del problema de la libertad; frente a las estructuras de dominación enraizadas y admitidas en la vida familiar más cotidiana. De un modo u otro el proyecto emancipador debe tener la capacidad de ampliar los horizontes de la libertad humana, sin abandonar el principio que ha hecho de la tradición socialista una tradición libertaria: pensar la libertad en serio es siempre pensar la emancipación como tarea permanente, nunca alcanzada y es, siempre también, pensar la emancipación de todos. Así, la tradición emancipatoria es tanto acción política como crítica social, incluso de la propia acción política socialista.

El segundo desafío consiste en profundizar la crítica civilizatoria. Quizás esa frase todavía contiene demasiados supuestos; lo cierto es que el socialismo supo, en sus distintas versiones y etapas, mostrar que tras los problemas concretos del presente existía un problema en el modo en que los hombres pretendemos construir el mundo, o nuestro mundo. La irremediable y definitiva politización que produjo el fin de las concepciones sobre el orden natural, no siempre ha significado claridad acerca de las bases del mundo que construimos. Quizás sea en esta dimensión donde el pensamiento socialista ha quedado también atrapado en “concepciones de época” o el “espíritu del tiempo” que no pudo trascender.Enfrentar este desafío implica retomar le tradición de crítica al capitalismo, sin duda, cada día más feroz en su deshumanización, pero es también ahondar en la crítica a la sociedad de consumo que nos empuja a un uso de los recursos disponibles en el mundo con altísimas cuotas de irracionalidad. Pero debe ir más allá, incluso. Como señala Hans Jonas, la tradición política se ha circunscripto a debatir el modelo de organización de la sociedad política entre los seres humanos. En el mejor de los casos la “naturaleza” debía ser un escenario que debía respetar y cuidar. Hoy ya esa visión no es admisible: el hombre es “socio” en la empresa de vivir, con las personas “no humanas”, con las demás especies vivientes y con un planeta que debe ser pensado como un todo viviente. Un socialismo que no asuma esta perspectiva, que continúe atrapado en un modelo industrialista simple, que conduce invariablemente a políticas extractivistas sin control, verá debilitada la crítica a un modelo de civilización que se expande pero que nos empuja hacia la destrucción de nuestros otros socios en la vida planetaria. Pasar de la simple sociedad con ellos a la fraternidad con el conjunto de la vida humana será, en consecuencia, el mayor desafío.

Un tercer desafío consiste en actualizar las relaciones con la democracia. El socialismo ha estado históricamente tensionado por la afirmación de una democracia real, igualitaria, y la crítica al modelo de democracia liberal, refugiado en el cumplimiento de ciertas reglas positivas, pero de uso restringido a ciertos sectores de la población. Esas tensiones no han desaparecido y es imposible pensar la democracia desde el principio de igualdad, sin pensar el problema de la permanente incorporación de sectores que se encuentran fuera del juego democrático formal, que reclaman una “institucionalización”, por así decirlo, que aún no se les ha reconocido. Pero, si bien todavía no en la práctica, el pensamiento democrático también ha evolucionado también hacia visiones más amplias, vinculadas a todas las formas de participación directa que hoy la tecnología ha vuelto una opción posible de la política de corto plazo, y por ello no podemos quedarnos atrapados en las visones tradicionales de la democracia y su crítica. De todos modos, aún existe también una permanente sospecha, desde el pensamiento socialista, hacia el sistema democrático en su conjunto, que lo lleva, muchas veces, a aceptarlo simplemente como un “mal menor”, pero sosteniendo, en el fondo, que las relaciones entre la democracia representativa y el capitalismo son tan estrechas que no pueden cumplir otra función que ser expresión, en el mejor de los casos moderadora, de la lógica capitalista. Esa sospecha pone barreras a una relación que debería ser más simple, clara y estrecha: si ha quedado claro que el capitalismo no es ni puede ser democrático, le compete al socialismo asumir la tarea de ser el centro de un pensamiento democrático superador de las viejas reglas. En esto hay que ser claros también: en mi opinión nada ganamos con tirar por la borda principios de control del poder y de respeto de minorías sin los cuales la democracia se vuelve simplemente plebiscitaria y cesarista. Un problema es la superación de los viejos moldes –muchas veces fuertemente hipócritas de las corrientes demo-liberales y asumir la inclusión permanente de todos los sectores como el problema central de la democratización, y otra bien distinta es recrear el viejo caudillismo latinoamericano, que descree de todo control y se comunica directamente con un pueblo. Es bastante difícil, si no imposible, construir un proyecto verdaderamente emancipador bajo estos supuestos de dominación política y de liderazgo cesarista. La historia tiene demasiados casos del destino final de este tipo de regímenes. La diversidad de movimientos sociales, pueblos originarios, minorías activas en la lucha de sus derechos y, en general, una sociedad multicultural y variada obligan a una aceptación sin reservas del proyecto democrático que sólo el pensamiento socialista puede llevar a sus verdaderas profundidades.

El cuarto desafío consiste en repensar la acción de gobierno. A diferencia de lo que ocurría en el siglo XIX, el socialismo del siglo XXI lleva sobre sus espaldas una larga experiencia de gobierno. Ha gobernado países y regiones; ha tenido grandes logros de gobierno y grandes fracasos. Ha sentido el rigor del tiempo acotado de las políticas públicas y ha sentido la potencia del Estado para realizar transformaciones sociales. Si en los inicios le era dificultoso e imperioso elaborar una teoría del gobierno desde los principios e ideas, hoy puede elaborarla desde la práctica, además de los principios y valores. La eficacia de la acción de gobierno —un principio que el pensamiento socialista no tuvo problemas en asumir como rector de las políticas públicas- se ha debilitado y suele ser considerado, muchas veces de un modo superficial, como un tema de la derecha neoliberal. Nada más alejado de la tradición de la acción de gobierno de base socialista, haya sido radical o reformista, que demostró tener momentos de alta eficacia. Hoy un pensamiento de izquierda no puede dejar de pensar en la eficacia y transparencia de las políticas públicas. Si un proyecto emancipador e igualitario necesita de esa inmensa maquinaria que es el Estado, la lucha contra la cooptación del Estado por mafias o una burocracia boba e interesada en sus pequeñas sobrevivencias es una tarea central de la visión socialista del gobierno.

Finalmente, afrontar estos desafíos necesita una renovación conceptual. El pensamiento socialista no ha tenido problemas en dialogar con lo más actualizado de su entorno conceptual: lo hizo con la economía naciente del siglo XIX; lo ha hecho con la tradición filosófica; lo hizo con el movimiento positivista de principios del siglo pasado; lo ha hecho con la sociología, con el estructuralismo, con las teorías sociales críticas, con el psicoanálisis, con las distintas corrientes posmodernas, etc. No se le puede reprochar al pensamiento socialista cerrazón frente al diálogo con el mundo de las ideas. También, es cierto, cayó en dogmatismos fáciles que ahogaron el pensamiento creativo. Nada mejor que retomar la tradición de apertura frente a los nuevos saberes que pretenden dar cuenta de este mundo complejo y conflictivo.

Ojalá que esta colección, que lanzamos con nuestros modestos recursos, pueda ser una ayuda más al sostenimiento de la tradición socialista y colabore con quienes recuerden que las ideas y el pensamiento crítico, así como la pedagogía popular, han sido grandes herramientas para transformar la sociedad.

Alberto M. Binder

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