“Hoy maté a un perro”, comienza el relato de Nené Guitart que hoy les compartirmos.

Hoy maté un perro. Subía, como todas las mañanas, la loma para llegar a la fábrica. Hay varios perros que salen a ladrar cuando escuchan el ruido del auto. Ya los tengo identificados. Los dos primeros salen de una casa de la que sólo veo el techo porque está construida sobre la pendiente. La entrada debe estar en la calle de abajo. Son dos animales grandes, uno de pelaje amarillo, áspero y desordenado; el otro blanco y negro. Más arriba después de la primera curva salen tres: dos petisos de patas cortas y colores mezclados. El tercero, negro, más grande. En la última recta, antes de llegar al bosque de pinos aparecen los dos últimos, casi siempre cuando ya pasé por el lugar, los alcanzo a ver por el espejo retrovisor.

El que maté es el blanco y negro de la primera casa. Escuché la rueda que pasaba sobre algo sólido. Pensé en las piedras que siempre caen sobre el camino pero cuando miré hacia atrás vi el animal que se retorcía en la mitad de la ruta con el lomo hacia arriba. No paré.

Llegué a la fábrica. Pasé la mañana revisando los pedidos de dos constructoras. Eran pedidos grandes. Dos empresas que habían ganado la licitación para hacer un barrio de cincuenta casas y dos escuelas. El perro seguía moviéndose en mi cabeza. Aparecía a intervalos regulares. El lomo blanco hacia arriba. Una pata que se agitaba.

Traté de pensar que tal vez sólo lo había golpeado y que al regresar lo encontraría rengo pero dispuesto a seguir ladrando al paso de los coches. Lo deseé con mucha convicción. A las doce me decidí a bajar para llegar al banco. Tenía que hacer unos depósitos antes de que cerrara. Ningún perro salió al paso del vehículo. Cuando me acercaba al lugar del hecho busqué el animal pero no vi nada. Cuando ya estaba por entrar a la avenida descubrí, entre unas matas, al lado de una piedra, al perro. Era un bulto negro.

La imagen del perro retorciéndose en la mitad de la ruta no paraba de aparecer en mi cabeza. Traté de pensar cuánto tiempo había perdurado la imagen del gato que había matado hacía varios años atrás. No lo pude precisar pero me pareció que no había sido fácil desprenderse del animal muerto y aquel gato no se había retorcido mientras agonizaba. Me dio miedo.

Al otro día, después de haber pasado una noche en blanco, subí al auto pero no pude decidirme a ponerlo en marcha. Bajé y revisé las gomas de atrás buscando rastros del perro. Algún pelo, sangre. Me convencí, podía ser que no lo hubiese matado, que el bulto al lado de la mata fuera otro perro y que cuando subiera saldría otra vez con los vecinos a ladrar. Así pude subir y arrancar el auto. Al llegar a la primera curva de la loma el silencio me tomó por sorpresa. Era más espeso que el de ayer cuando bajaba. No era un silencio normal, simple falta de sonido. Podía sentir que me latía en la cabeza. Esa mañana hacía frío, había helado y el humo de las casitas precarias enturbiaba el aire. Ni un ladrido en todo el ascenso hasta llegar al plano donde empieza el bosque de pinos.

En la fábrica trabajé hasta casi las ocho de la tarde. Cuando me di cuenta de la hora también me di cuenta de que en todo el día no había comido ni tomado nada. Me preparé un café con leche. Me senté. Estaba cansado. En la fábrica ya no quedaba nadie. Hacía calor. La calefacción estaba muy alta. Abrí la puerta que da al patio trasero donde vienen a cargar los camiones las bolsas de cemento. El aire era fresco. Pensé que en algún momento tendría que subir al auto y volver a casa. El espacio que me separaba, es decir la bajada por la loma, me pareció entonces una distancia que me sería imposible atravesar. Acá arriba, cerca de la laguna, en la cocina de la fábrica estaba a salvo. En mi casa también podría encontrar un espacio, incluso mejor que éste. Mi cama, la seguridad de mis cosas. Pero ya no podía acceder a ese otro plano. La fábrica y mi casa se habían transformado en dos dimensiones sin posibilidad de encuentro. El camino de un lugar a otro se había borrado. Como dos astros que vagan en la inmensidad del espacio, no había, por ahora, nave que pudiera conectarlos.

Salí al patio trasero. Ahí, los camiones cargan las bolsas de cemento. Caminé por la ruta hasta el borde, donde están los pinos más nuevos, donde empieza la ruta a descender. Veía como siempre las luces de la ciudad, allá abajo. Incluso intenté ubicar mi casa, en la manzana al lado del supermercado que es fácil de identificar por el techo de grandes dimensiones y las luces de los carteles luminosos que llevan al estacionamiento. Mi casa tenía que estar ahí, a cincuenta metros del supermercado y a seis kilómetros de donde yo estaba ahora parado. Desde el punto de vista espacial no existían dudas. Tenía que subir al auto, bajar la loma, tomar la avenida, llegar al Centro Cultural, doblar a la izquierda. Todavía tendría tiempo de entrar a La Anónima y comprar unas botellas de vino. Media cuadra más, abrir el portón de casa, abrir la puerta. Me acordé de que tenía queso en la heladera y algo de jamón. Abrir la botella, servir una copa, sentarse en el sillón.Ningún músculo de mi cuerpo respondió para hacer realidad la secuencia de imágenes.

Sentí algo que me tocaba una pierna. Bajé los ojos. Era un perro. Se sentó sobre sus patas traseras y me fijó la vista. Acerqué la mano hacia la cabeza. Acomodó el hocico en el hueco de la palma. Me agaché. Ahora sí los movimientos encontraban el sentido. Con las dos manos le agarré la cabeza, me arrodillé para quedar a la misma altura. El perro no se movió. Le acaricié las orejas. Entrecerró los ojos y se echó de costado. Bajé la mano por el lomo. Estaba sucio, tenía barro pegado a los pelos. Llegué a las patas traseras. El perro no dejaba de mirarme. Lo levanté entre mis brazos. No pesaba mucho. Estaba flaco y sentía los huesos del espinazo descarnados. Fui hasta el auto. Lo subí al asiento del acompañante. Se quedó quieto enroscado en sí mismo. Prendí el motor.

Mientras bajaba la loma no escuché ningún ladrido. Sí fui viendo uno tras otro a los perros de las casas, sentados en sus patas traseras, en el borde de la ruta, en silencio. Primero fueron los dos que alcanzo a ver por el espejo retrovisor, después el negro grande y los petisos de patas cortas. Cuando vi al amarillo de pelaje áspero desvié la mirada del camino para observar al perro que venía a mi lado. Respiraba tranquilo con la cabeza entre las patas.

Perros

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