Presentamos cinco micro relatos de la autora de Metatfísica de la digestión.




Son tan bellas las orientales. Pálidas, delgadas, etéreas.

Odio a las orientales. Despiertan en los hombres nostalgias de geishas perfectas y sumisas. Mujeres nacidas del loto y las flores del cerezo.

Caminan sin prisa por el inconsciente macho. El cuello fino, envueltas en vestidos de seda, tacto dedo a dedo para desabrochar uno a uno los botones. Descubrir una piel de nácar, huérfana de soles. Salen a la calle con sombrillas, medias y guantes aunque agobie el verano y ahora que pienso ni una mísera gota de sudor enturbia la visión en el horizonte terso del cuello, de la frente. Circulan sobre el aire recargado como mariposas ajenas al mundo.

Me gustaría ser oriental pero soy pura tierra oscura. No tengo sutilezas y arrastro por la vida un cuerpo que se niega a los parpadeos de abanicos, a las medias sonrisas y a los ojos bajos.

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Yo también estuve en un barco. La cubierta era blanca como el pecho de las gaviotas. Olía a pintura reciente. Yo también me recosté en una chaise longue como las damas que veraneaban en la playa del Lido, en Venecia, antes de que el horror de la primera guerra mundial hundiera occidente. Y también corrí por prados verdes sujetando mi sombrilla de broderí blanco.

Sí, aunque me vean acá, sentada en este portal amargo, entrada en carnes y pobre de pasión. Yo fui la reina del baile en el Titanic antes del naufragio.

Me ven vieja, estropeada, chismorreando con los vecinos sobre las idas y venidas del pintor del cuarto o de la viuda del sexto que siempre sale a la calle a las once y cinco de la noche vestida solo con un largo guante de seda gris.

Pero yo estuve con Catalina la Grande en su palacio mil veces más grande y más dorado que Versailles. Nos paseábamos por el parque, solo en verano porque el clima de San Petersburgo es muy duro en invierno. Cuando la nieve se congelaba nos refugiábamos en la sala de ámbar a tomar té y nos reíamos a carcajadas del sombrero con plumas de cisne que había usado el duque de Nantes en el último baile de la corte.

Se ríen de mí. Ya lo sé y dicen que desvarío. A mí no me importa. Me da mucha pena la gente que solo ha vivido una vida.

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Tuve siete hijos. Allá en el bosque, sola. El Pedro se iba al otro lado del lago a trabajar en la leña. Pasaba meses afuera. El primero me tomó desprevenida porque yo no sabía cómo era la cosa. Me vinieron unos dolores que yo no conocía pero me di cuenta de que era eso. Me dije que si tenía que nacer iba a nacer como todas las criaturas de Dios. Fue un chico grande y llorón. Cuando el Pedro volvió de la leña ya tenía tres meses.

Le pusimos Artemio como mi papá.

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Dale, vestite rápido que ya llega la mami. Ponete el vestido rosa, sí, el de los volados. No, no llorés. ¡Uy! La mami no se va a poner contenta cuando vea a su nena llorar. Viene solo a verla por un ratito y la nena la va a recibir así. ¿Qué te pasa? No tenés que hacer caso de lo que dice la gente. ¿Qué le ha dicho siempre su abuela? La mami trabaja lejos, en la ciudad, porque acá en el campo las cosas están jodidas. Usted ya es grande y sabe que la mami no puede llevarla allá ¿Qué le dijeron en la escuela? Usted no escuche, es la envidia. No ve que acá la gente es mala.

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Tomé vino a las diez de la mañana y volví a meterme bajo las sábanas. Me empeñé en mantener mi conciencia adormecida, la modorra de la noche larga a fuerza de abrazos, de besos últimos.

Tomé vino a las diez de la mañana como queriendo prolongar la noche. Pero el día ya estaba resuelto. Me levanté, junté mis cosas, las metí en un bolso, una ducha rápida y a la calle.

Hoy ya era otro día y había que ganarle a la pereza de dejar las cosas como estaban en ese terreno intermedio, indefinido en el tiempo, mentiroso en la falsa preservación de la pasión pura.

La mañana que tomé vino a las diez trastoqué el primero de los mandatos que habían modelado mi vida. Primer indicio de confusión de espacios y tiempos. Primer detalle de ruina de mi personalidad presente. Conmoción de un ritual sacado de su espacio litúrgico. Gesto mínimo que mostraría todas sus consecuencias mucho más adelante.
Tomé el colectivo de las doce y a las cuatro de la tarde estaba en mi casa.

En primera persona, por Nené Guitart