'A veces el faro', de Vera Palmeri. Una reseña de Silvina Ramírez

Adentrarse en un texto es ingresar por una puerta a un espacio incierto, avanzar por caminos desconocidos, enfrentar potenciales obstáculos, deslizarse por sus páginas con interrogantes sobre finales, buenos y no tantos. La lectura de “A veces el faro” fluye con chispas de alegría, sorprende en su simplicidad, refresca por medio de una composición “miscelánea” que se enriquece gracias a una paleta de colores que va transformándose con cada trazo.

La niña que recuerda, su abuela como figura omnipresente reflejándose en un espejo de construcción identitaria, una historia familiar como tantas otras, pero muy distinta, viajes, fundación de un pueblo, Borges y el Aleph, y todo ello enmarcado en un faro, la traducción de esa abuela luminosa que también esconde sombras, y la de la niña que concentra su magia en un haz de luz imaginario.

Algunas novelas son como cajas de sorpresas, y la interpretación que cada lector haga de sus líneas aporta ingredientes, descubre nuevas relaciones, avanza sobre contenidos que transcienden las finalidades del autor. “A veces el faro” concentra todas estas posibilidades, y permite que el lector de sentidos, atribuya significados de acuerdo a sus propios sentires, en donde el relato simplemente se concentra en una niña, en su abuela y en el faro.

Destacar y convertir en virtud la simplicidad son de esas cosas que esta novela logra acabadamente. Nada es pretencioso, y nada es superficial. La urdimbre sobre la que se construye la trama es sencilla, carente de artificios, clara y fuerte. Los hilos que la tejen terminan configurando una imagen de decenas de retazos que no pierden nunca su horizonte. Su prosa es transparente, y tal vez allí radique su potencia. Personajes bien delineados, una historia con principios y finales, una búsqueda incesante, y un sinnúmero de diferentes lecturas posibles.

La autobiografía y la ficción se entrelazan, plasmando infancias, una mujer decidida e independiente (tal vez precursora de nuestros feminismos actuales), el “estado de niñez” y los impactos de los recuerdos en “el hoy”; y, como telón de fondo, un protagonista que redondea el relato: el faro, aquel que descubre y esconde, que estabiliza el día a día, que imprime equilibrio en un mundo, el mundo personal, siempre en ebullición.

Finalmente, este libro reúne todos los condimentos que, creo, requiere una buena y disfrutable lectura. Suscita curiosidad, su estilo invita a seguir leyendo, va dejando a la manera de miguitas de pan pistas para alcanzar un final insinuado y sugerido desde el título, y asimismo permite que el lector despliegue su imaginación en cada una de sus hojas.

En estos tiempos en que la oscuridad parece haber encontrado espacios donde asentarse, “A veces el faro” aporta una luminosidad imprescindible para balancear una ecuación que necesita de textos como el que aquí se comenta, para seguir pensando y sintiendo que el disfrute en la sencillez y brillo de las palabras es posible.

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